"Mein Flügel ist zum Schwung bereit,
ich kehrte gern zurück,
denn blieb ich auch lebendige Zeit,
ich hätte wenig Glück."
("Mi ala está lista para el vuelo,
me gustaría volverme atrás,
si yo me quedara un tiempo eterno,
tendría poca suerte.")
Gerhard Scholem,
‘Gruss vom Angelus’
Una pintura de Paul Klee titulada ‘Angelus Novus' muestra a un ángel que parece como si de pronto fuera a apartarse de algo que está contemplando con fuerza. Sus ojos miran fijamente, su boca está abierta, sus alas extendidas. Así es como uno imagina al ángel de la historia. Su cara está vuelta hacia el pasado. Allí donde percibimos una cadena de acontecimientos, él ve una sola catástrofe que sigue amontonando restos y lanzándolos delante de sus pies. Al ángel le gustaría quedarse, despertar a los muertos, y recomponer todo lo que ha sido roto. Pero una tormenta del Paraíso empuja sus alas hacia atrás con tal violencia que no puede cerrarlas. La tormenta impulsa al ángel hacia el futuro (al que da su espalda) irresistiblemente, mientras la pila de restos y escombros crece por el cielo tras él. Esta tormenta es lo que llamamos progreso.
X
Los temas que la disciplina monástica asignaba a los frailes para la meditación fueron diseñados para apartar a éstos del mundo y sus asuntos. Los pensamientos que estamos desarrollando tienen un origen parecido. Cuando los políticos, en quienes la oposición al fascismo había puesto su esperanza, ceden y confirman su fracaso engañando a su propia causa, la observación atenta desentraña la implicación política de las trampas con que los traidores habían embaucado a sus seguidores. Esta observación reconoce entonces que la fe necia de los políticos en el progreso, su confianza en la ‘base de masas’, y, finalmente, su integración servil en un aparato incontrolable, son tres aspectos de la misma cosa. Lo que da una idea del alto precio que nuestro pensamiento tendrá que pagar por una concepción de la historia que evita cualquier complicidad con el pensamiento al cual estos políticos se siguen adhiriendo.
XI
El conformismo, que ha sido la parcela de la socialdemocracia desde el principio, se adhiere no sólo a su táctica política, sino también a su visión económica. Esta es una de las razones de su fracaso posterior. Nada ha corrompido tanto a la clase trabajadora alemana como la noción de que todo se movía con la corriente. Desde aquí, había ya sólo un paso hacia la ilusión de que el trabajo de fábrica, que supuestamente conduciría al progreso tecnológico, constituía un logro político. La vieja ética protestante fue revivida por los trabajadores alemanes en una forma secularizada. El programa de Gotha,* contiene ya trazas de esta confusión, al definir el trabajo como “la fuente de toda riqueza y toda cultura”. Oliéndose algo raro, Marx respondió a esto “…el hombre que no posee ninguna otra propiedad que su capacidad de trabajo” debe convertirse por necesidad en “el esclavo de otros hombres que se han hecho los dueños…” Sin embargo, la confusión se extendió, y pronto Josef Dietzgen proclamó: “el Salvador de los tiempos modernos es el trabajo. La mejora del trabajo constituye la riqueza que es capaz ahora de llevar a cabo lo que ningún Redentor ha sido capaz alguna vez de hacer.” Esta concepción marxista vulgar de la naturaleza del trabajo evita la pregunta de cómo sus productos podrían beneficiar a los trabajadores sin estar todavía a su disposición. Tal concepción reconoce sólo el progreso en el dominio de la naturaleza, pero es miope para ver el contenido de regresión social. Con ello se anticipan ya los rasgos tecnocráticos del fascismo. Entre éstos hay una concepción de la naturaleza que se diferencia siniestramente del de las utopías socialistas antes de la revolución de 1848. La nueva concepción del trabajo se eleva a la explotación de la naturaleza, que es entonces contrastada con la explotación del proletariado con una complacencia ingenua. Comparado con esta concepción positivista, las fantasías de Fourier, que eran a menudo tan ridiculizadas, adquieren una pertinencia sorprendente. Según Fourier, a consecuencia del trabajo cooperativo eficiente, cuatro lunas iluminarían la noche terrenal, el hielo retrocedería a los polos y el agua del mar ya no estaría salada. Todo esto ilustra una especie de trabajo que, lejos de explotar la naturaleza, es capaz de liberar las creaciones potenciales que están inactivas en su matriz. La naturaleza que, como Dietzgen dijo, “existe gratis”, sería el complemento a la concepción corrompida del trabajo.
*El Congreso de Gotha de 1875 unió los dos partidos socialistas alemanes, uno liderado por Ferdinand Lassalle, el otro por Karl Marx y Wilhelm Liebknecht. El programa, redactado por Liebknecht y Lassalle, fue atacado con severidad por Marx en Londres.
XII
"Necesitamos la historia, pero no del modo en que la necesita un gandul en el jardín del conocimiento."
Nietzsche, Del uso y abuso de la historia
La clase oprimida y luchadora es, en sí misma, el sujeto del conocimiento histórico. En Marx aparece como la última clase esclavizada, como el vengador que completa la tarea de liberación en nombre de todas las generaciones previas de oprimidos. Esta convicción, que tuvo un breve resurgir en el grupo de los Espartaquistas,* ha resultado desagradable siempre a los socialdemócratas. En tres décadas, ellos lograron borrar el nombre de Blanqui casi totalmente, aunque fuera la voz que habría que haber rescatado y cuyo sonido reverberó durante el siglo precedente. La socialdemocracia se las arregló para adjudicar a la clase obrera el papel de Redentor de futuras generaciones, cortando de esta manera los tendones de su mayor fuerza. Con esta táctica, la clase obrera tendió a olvidar su odio y su espíritu del sacrificio: ambos se nutren de la imagen de antepasados esclavizados y no de la de nietos redimidos.
* Grupo fundado por Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg a principios de la primera guerra mundial en oposición a las políticas pro-bélicas del partido socialista alemán. Más tarde sería absorbido por el partido comunista.
XIII
"Cada día nuestra causa se hace más clara
y la gente se hace más elegante."
Wilhelm Dietzgen, ‘Die Religion der Sozialdemokratie’
La teoría socialdemócrata, y más incluso su práctica, ha sido construida sobre una concepción del progreso que, sin adherirse a la realidad, hizo proclamaciones dogmáticas. El progreso, imaginado en las mentes socialdemócratas era, en primer lugar, el progreso de humanidad en sí mismo (y no sólo un avance en las capacidades y conocimientos del hombre). En segundo lugar, era algo ilimitado, de acuerdo con la infinita capacidad de superación del hombre. En tercer lugar, el progreso fue considerado como irresistible, algo que automáticamente seguía un curso directo o espiral. Cada uno de estos enunciados era, en realidad, polémico y susceptible de crítica. Sin embargo, cuando los detalles están ausentes, la crítica debe penetrar más allá de estas afirmaciones y centrarse en lo que tienen en común. El concepto de progreso histórico de la humanidad no puede separarse del de progresión por un tiempo vacío y homogéneo. Una crítica a tal concepto de progresión debe ser la base de cualquier crítica del concepto de progreso en sí mismo.
XIV
El origen es el objetivo.
Karl Kraus, Worte und Versen, vol. 1
La historia es el objeto de una construcción cuyo lugar no es un tiempo vacío y homogéneo, sino un tiempo lleno de la presencia del “ahora”.* Así, para Robespierre, la Roma antigua era un pasado lleno del tiempo del ahora que él arrancó a la sucesión continua de la historia. La Revolución francesa se vio a sí misma como la encarnación de Roma. Pero evocó la Roma antigua de la misma forma en que la moda evoca los trajes del pasado. La moda tiene una gran facilidad para lo tópico y específico, no importa en qué espesuras se mueva de qué tiempo pasado: es un salto de tigre. Este salto, sin embargo, ocurre en el circo donde la clase dirigente da las órdenes. El mismo salto, al aire libre de la historia, es el dialéctico: el modo en que Marx entendió la revolución.
*Benjamin dice “Jetztzeit” e indica con las comillas que no se trata simplemente de una equivalencia con 'Gegenwart' (presente), sino más bien del místico 'nunc stans'.
XV
La conciencia en las clases revolucionarias de que van a hacer estallar el continuo de la historia es característica del momento de su acción. La gran revolución introdujo un nuevo calendario. El día inicial de un calendario sirve como una cámara de lapso de tiempo histórico. Y, básicamente, es el mismo día que sigue repitiéndose en el aspecto de las vacaciones, cuando se commemora. Así, los calendarios no miden el tiempo como lo hacen los relojes; ellos son monumentos de una conciencia histórica de la que ni el más leve rastro ha aparecido en Europa en los últimos cien años. En la revolución de julio ocurrió un incidente que mostró esta conciencia viva. Durante la primera tarde de enfrentamientos se disparó a los relojes en las torres, simultánea e independientemente, en varios lugares de París. Un testigo ocular (que quizá debió su agudeza al ripio) escribió como sigue:
Qui le croirait! on dit,
qu’irrités contre l’heure
De nouveaux Josués
au pied de chaque tour,
Tiraient sur les cadrans
pour arrêter le jour.
(¡Quién lo creería!
nos dicen que un nuevo Josué,
al pie de cada torre,
irritado contra el tiempo
dispara a los relojes
a fin de parar el día.)
XVI
Un materialista histórico no puede trabajar sin la noción de un presente que no es transición, sin un presente en que el tiempo está garantizado y se detiene. Esta misma noción define el presente en que él, para su persona, está escribiendo historia. El historicismo proporciona la imagen “eterna” del pasado; el materialismo histórico suministra una experiencia única del pasado. El materialista histórico deja a otros que suavicen esa experiencia con ayuda de la prostituta “Érase una vez” del burdel del historicismo. Pero él permanece en el control de sus poderes, y éstos son suficientes para hacer estallar el continuo de la historia.
XVII
El historicismo culmina correctamente en la historia universal. La historiografía materialista difiere de este método más claramente que de cualquier otro. La historia universal no tiene ninguna armadura teórica. Su método es aditivo: reune una masa de datos para llenar el tiempo vacío y homogéneo. La historiografía materialista, por otra parte, está basada en un principio constructivo. El pensamiento involucra no sólo al flujo de pensamientos, sino también a su apropiación. Cuando, de repente, el pensamiento se detiene en una constelación embriagada de relaciones tensas, le imprime a esa constelación un shock, mediante el cual cristaliza en una mónada. Un materialista histórico se acerca a un sujeto histórico sólo allí donde lo encuentra como una mónada. En esta estructura, él reconoce el signo de un cese mesiánico del acontecer o, dicho de otra forma, una posibilidad revolucionaria en la lucha para el pasado oprimido. Él extrae de ahí conocimiento con el fin de arrancar una época específica al curso homogéneo de la historia –arrancando una vida específica a una época o un trabajo específico al trabajo de toda una vida. Como consecuencia de este método, el trabajo de toda una vida es conservado en el específico, y al mismo tiempo anulado.* Igual sucede con la época en el trabajo de toda una vida y con el curso entero de la historia en la época. La fruta alimenticia de lo históricamente entendido contiene al tiempo como semilla preciosa pero insípida.
*El término hegeliano aufheben en su sentido triple: conservar, elevar, anular.
XVIII
“Con relación a la historia de la vida orgánica en la tierra,” escribe un biólogo moderno, “los ínfimos cincuenta milenios del homo sapiens están en la misma proporción que los dos últimos segundos al día de veinticuatro horas. Con esta misma escala, la historia de la humanidad civilizada llenaría sólo la quinta parte del último segundo.” El presente que, como modelo de tiempo mesiánico, comprende la historia entera de la humanidad en una síntesis extraordinaria, coincide exactamente con la estatura que la historia de la humanidad tiene en el universo.
A
El historicismo se contenta con establecer una unión causal entre varios momentos de la historia. Pero no porque un hecho sea una mera causa es ya histórico. Se hace histórico póstumamente, al darse como era, aunque los acontecimientos puedan estar atrás en el tiempo miles de años. Un historiador que parte de este punto abandona decir la secuencia de acontecimientos como si fueran las cuentas de un rosario. En cambio, él se apropia de la constelación que su propia época ha formado con la otra, más temprana. Así, llega a establecer una concepción del presente como “tiempo del ahora”, surcado por fragmentos de tiempo mesiánico.
B
Los adivinos, que hacían su agosto con todo lo que cabía encontrar fuera del tiempo, no experimentaron éste como homogéneo o vacío. Quien tenga esto presente se hará una idea de cómo se experimentaron los tiempos pasados en la memoria. Sabemos que a los Judíos se les prohibió adivinar el futuro. Pero el Torah y los rezos los conducen a la rememoración. Esto despoja al futuro de la magia a la que sucumben todos aquellos que vuelven a los adivinos. Lo que no implica, sin embargo, que para los judíos el futuro se convirtiera en un tiempo vacío y homogéneo. Cada segundo de tiempo era el difícil ojo de aguja por el que el Mesías podía entrar.