
Ofrezco a continuación un fragmento de mi artículo "Alfonso Sastre: la poética de la resistencia" publicado en la revista "República de las letras" (nº102, pp. 50-59, 2007) de
la Asociación Colegial de Escritores de España.
Alfonso Sastre: la poética de la resistencia (fragmento)
Vladimir García Morales
[...] Aunque, modestamente, Sastre afirme que no está en ninguna parte, ni en la literatura –patrimonio de poetas y narradores pero no de dramaturgos– ni en la escena (en la que
un dramaturgo es hoy un elemento extraño, ajeno al mundo del teatro), la calidad poética de su vastísima obra lo contradice abrumadoramente y le asegura, como mínimo, un lugar de honor en la
mejor literatura de todos los tiempos. La fuerza y verdad de sus dramas, intensos y arriesgados en los años cincuenta y surcados de resonancias cervantinas y de ecos de la mejor tradición
literaria española más tarde, queda establecida desde su mismo inicio. Nos introducimos en cada pieza y no podemos ya dejarla hasta el final: su magnetismo es irresistible. Podría poner
muchos ejemplos, pero me gustaría comentar con detalle el memorable comienzo de “La sangre y la ceniza”. El primer cuadro de esta obra es la plática de Miguel Servet y el editor Frellon. Miguel
llama a la puerta de la casa del editor, a quien conoce “por su fama de hombre liberal” y, a través de la puerta entreabierta, se inicia el diálogo entre los personajes:
FRELLON: ¿Qué quiere? La librería está cerrada a estas alturas de la noche.
MIGUEL: Yo no es a la librería donde llamo. No ando a la busca de ningún libro ni cosa parecida.
FRELLON: ¿Sino entonces?
MIGUEL: A la del mero señor Frellon, el propietario, si tiene la bondad de recibirme.
Las “alturas de la noche” en la primera intervención de Frellon son también las de la poesía y la emoción dramáticas. La librería está cerrada a estas alturas de la noche. En la
claridad, en la llaneza de este enunciado, una situación insólita y apasionante se abre de repente. La pasión lectora relampaguea en esa noche que aparece como última palabra de
una oración memorable donde una librería –que está cerrada, como no puede ser de otra forma a horas tan inoportunas– ejerce la función de sujeto. Y la noche queda ahí, colgando del modo
más hermoso y decisivo en el silencio. No podremos desprendernos ya de ella en todo el primer cuadro. La sencillez y el talento la han fijado con tanta fuerza, de forma tan rotunda, que su
resonancia queda durando mientras otros sonidos turbadores se le van sumando, provenientes del miedo (Frellon) y lo irrisorio (nuestro héroe, Miguel Servet, que cojea y que a veces, y a pesar de
todos los pesares, se ríe).
¿Qué quiere? La librería está cerrada a estas alturas de la noche.
La inquietud y urgencia de la pregunta ¿Qué quiere? queda balanceada con el enunciado, inesperadamente sereno La librería está cerrada a estas alturas de la noche, equilibrado,
perfectamente sosegado y lapidario. Podemos escribirlo en verso
La librería está cerrada
a estas alturas de la noche
y descubrimos dos eneasílabos trocaicos con acentos en 4ª, 6ª y 8ª sílabas. Esta pulsación regular –trocaica– del acento, que Garcilaso utiliza en endecasílabos en algunos de los momentos más
hermosos de la lírica española, asienta el contenido expresado en ellos del modo más estable y tranquilizador. La librería está cerrada,
irremediablemente, y contra eso poco se puede
hacer.
La noche queda suspendida con fuerza. Podemos comparar “a estas alturas de la noche” con
infame turba de nocturnas aves
donde he marcado en negrita los acentos principales de este endecasílabo sáfico del Polifemo de Góngora. Este verso establece un color inhumanamente negro: los dos acentos
recaen sobre la u, una vocal cerrada, oscura, grutesca, terrible. A la noche de Sastre le ocurre algo parecido, aunque gracias a la o del acento final es, de alguna
forma, mucho más humana
a estas alturas de la noche
Los males que puedan circular en esta noche y que Frellon teme –esos “asaltos”, “robos y crímenes” que hacen que “ande
revuelta” la “brigada de investigación criminal”– son males humanos, tangibles, para los que existe la esperanza de una solución. Nada comparable a la negrura hosca y esencial del
entorno de Polifemo.
La librería está cerrada a estas alturas de la noche.
La noche queda así establecida, por tanto, de un modo humano pero rotundo. Las coordenadas están claras, nuestros
personajes están cada uno a un lado de una puerta entreabierta, es de noche, y Miguel necesita entrar. El mito está ya construyéndose: “¿Quién es este que llega a tan altas horas de la noche
dispuesto a perturbar mi descanso?” Pocas cosas puede haber más inquietantes que un desconocido que se presenta a tales horas. “Este extraño probablemente me conoce porque soy un editor
respetable y tengo una librería. Seguro que es uno de esos intelectuales excéntricos que con su avidez de libros acaban perdiendo la noción del tiempo: si le cierro el paso a la librería
no insistirá y me dejará en paz.”
MIGUEL: Yo no es a la librería donde llamo. No ando a la busca de ningún libro ni cosa parecida.
FRELLON: ¿Sino entonces?
“Esto me desarma, ¿qué es lo quiere entonces? ¿Qué es lo que busca aquí?” Un segundo relámpago: la economía de este ¿Sino entonces? de Frellon no sólo ayuda del modo más
flexible a Miguel a articular lo que ha de decir. En su belleza funcional estas dos palabras son como las bisagras de la puerta entreabierta por la que Frellon mira a Miguel con el máximo recelo:
el sino se refiere a las intervenciones inmediatamente anterior y posterior de Miguel, el entonces es la necesaria cadencia suspensiva que da énfasis y urgencia al sino
y lo deja entreabierto. Nuestra inquietud crece por momentos: desencadenada desde el epicentro situado ya en la primera intervención de Frellon ¿Qué es lo que quiere? La librería
está cerrada a estas alturas de la noche, no sabemos aún dónde llegará la onda expansiva.
La respuesta, tras la lectura de la obra, es clara: a todo el primer cuadro y, por tanto, a todo el drama. La librería, las alturas de la noche, el recelo y el temor –¿Qué
quiere?– construyen ya con fuerza el drama desde su mismo inicio. En el espacio mínimo de unas pocas intervenciones se ha convocado todo un mundo. Los detalles mínimos tienen aquí una
importancia estructural de largo alcance. “Lo bueno está en los detalles” decía Walter Benjamin. Y lo bueno es aquí, desde el principio, lo mejor. Pero aún nos falta un tono cuya importancia será
crucial en todo lo que sigue: la cortesía a la antigua.
MIGUEL: A la del mero señor Frellon, el propietario, si tiene la bondad de recibirme.
Ese “si tiene la bondad de recibirme” anticipa lo que Miguel dirá un poco más adelante, como un eco variado, “ábrasela [la puerta] francamente a un seguro servidor”. Este es el primer
color verdaderamente blanco en la negrura de la noche. Esa bondad, con la a, vocal abierta, acentuada en la mismísima sexta sílaba del
hermoso endecasílabo “si tiene la bondad de recibirme” está diciendo plenamente “usted no tiene nada que temer de mí: yo hablo su mismo lenguaje: soy yo quien depende de
usted”. En cuanto Frellon entre en el juego de esta cortesía, la puerta se abrirá y con ella el acercamiento entre los personajes. La cortesía levanta también la escena antigua. Estamos en el
siglo XVI. Esto nos lo dice la parlatura de este drama, sus cadencias, la sonoridad fresca y sencilla a la vez tradicional y moderna. Es el don de una escritura
prodigiosa cuya gracia está vedada sólo a los grandes maestros.
La cortesía no es aquí meramente la baza que Miguel juega a su favor para conseguir la entrada en el hogar burgués. Hay mucho más: lo que era extraño y venía de fuera es ahora lo más familiar del
mundo. Una complicidad sorprendente, totalmente opuesta al recelo del comienzo, nace de pronto entre los personajes. Es esta una complicidad muy compleja y perturbadora. Hay muchos signos y
disonancias en la escena que impiden una plena y absoluta reconciliación en la atmósfera. El lector está inquieto (y no digamos un hipotético espectador que contemplase esta escena). La noche, el
peligro de afuera, sigue vibrando, ha entrado de alguna forma en casa para quedarse. Porque, a pesar de toda la “blancura” de la cordialidad y las formas, el miedo amenaza constantemente a
Frellon y Miguel es un pobre diablo que cojea y padece de hambre (y en un momento dado estalla en una risa –¿o es un llanto?– que Frellon no puede entender)… “lo que debe haber pasado este pobre
hombre afuera”. ¿Es necesario que siga describiendo lo que es un milagro de la literatura y que, como tal, tiene su modo autónomo de mantenerse en pie sin cojear? ¿Dónde termina
el poder de sugestión de un texto así?
El teatro de Alfonso Sastre es la historia de nuestro país en sus últimos sesenta años. Basta leer un drama excelente de los años cincuenta, “La mordaza”, y otro de los ochenta,
“Demasiado tarde para Filoctetes”, para sentir el vértigo de la historia, lo mucho que ha cambiado todo y lo demasiado poco que ha cambiado aún. Cuando se descubre por primera
vez “Escuadra hacia la muerte”, y uno tiene noticia de las tres representaciones que en plena dictadura alcanzó este drama en su estreno hasta que fue prohibido, es inevitable pensar en la
emoción que debió embargar a los espectadores al ver sobre el escenario aquello en aquel tiempo. Son tantos los textos excelentes (y potencialmente modernos)
de Alfonso Sastre, tantas las emociones dramáticas y literarias excepcionales que nos reservan... El lugar de esta obra puede estar en nuestras mentes y corazones de lectores pero debe estar
también, y sobre todo, en la escena. Porque si la noche literaria es perturbadoramente atrayente… ¿cómo serán sus “alturas” creadas en la escena, sugeridas con ayuda de todos los signos que
el drama posee? Con la frustración de no verlo ni escucharlo, nos ponemos apasionadamente a imaginar esas otras pasiones.
Mislata (Valencia), 13 de Febrero de 2007
Alfonso Sastre (derecha) y V. García Morales (izquierda) en Hondarribia, marzo 2006
(fotografía de Eva Forest)